Lleida ha vuelto a quedar marginada por el independentismo en la organización de la Diada. La Asamblea Nacional Catalana (ANC), Òmnium Cultural y el resto de entidades soberanistas han anunciado que las manifestaciones del 11 de septiembre se celebrarán simultáneamente en Barcelona, Girona y Amposta, excluyendo deliberadamente a la capital del Segrià como punto de encuentro. El lema escogido —«HI SOC. HI SOM. Por el presente y por el futuro: INDEPENDÈNCIA»— suena a hueco para los leridanos que, un año más, ven cómo el separatismo organiza su gran cita anual sin contar con la cuarta capital de provincia catalana. Mientras los líderes soberanistas centran sus esfuerzos en el eje Barcelona-Girona y el sur de Tarragona, Lleida lidia con problemas reales de inseguridad ciudadana, degradación de servicios públicos y una crisis económica que no entiende de banderas.

Un modelo descentralizado que olvida Ponente

Las entidades organizadoras —ANC, Òmnium, Asociación de Municipios por la Independencia (AMI), Consejo de la República, Intersindical y CIEMEN— han optado por mantener el modelo descentralizado iniciado hace dos años, pero la geografía de las protestas revela una jerarquía clara. Barcelona, Girona y Amposta acogerán las tres únicas marchas oficiales, mientras que Lleida, con una población considerable y una tradición histórica de movilización independentista, queda fuera del mapa. Según ha publicado SEGRE, la decisión no responde a criterios logísticos ni de aforo: simplemente, la capital del Segrià no es prioridad para quienes diseñan la estrategia separatista.

En Barcelona y Amposta habrá dos columnas diferenciadas —Presente y Futuro— que confluirán en el punto de llegada, mientras que Girona acogerá una única columna. Los organizadores han justificado los ejes temáticos como respuesta al «expolio fiscal», el «deterioro de servicios públicos», la «crisis de la vivienda», el «colapso de infraestructuras» y la «emergencia lingüística». Sin embargo, el ciudadano de Lleida se pregunta: ¿dónde queda la emergencia de los barrios de la Mariola, Cappont o el Secà de Sant Pere, donde la inseguridad y la falta de inversión son el pan de cada día?

El discurso de la ANC: independencia o nada

El presidente de la ANC, Josep Vila, ha declarado que es necesaria una movilización masiva y transversal que vuelva a situar la independencia en el centro de la agenda política, plante cara al Estado español y obligue a los partidos independentistas a recuperar este objetivo como prioridad. La declaración, recogida por La Mañana, revela la fractura interna del movimiento: los partidos independentistas —Junts, ERC y la CUP— llevan meses sin ponerse de acuerdo sobre la estrategia, mientras la ANC intenta forzar una radicalización del discurso.

Pero la pregunta que flota en el ambiente leridano es otra: ¿qué sentido tiene movilizarse por la independencia cuando el propio independentismo ignora a una de las capitales de provincia más importantes de Cataluña? La respuesta la dan los hechos: Lleida no es estratégica para el separatismo porque su base social es más moderada, porque su economía está más vinculada al sector agroalimentario y logístico —que depende del mercado español— y porque sus votantes independentistas, aunque existentes, no son suficientes para justificar el despliegue logístico de una gran manifestación. En otras palabras: al soberanismo, Lleida le importa poco.

El contraste con la gestión local: Larrosa y el protocolo de Mequinensa

Mientras las entidades independentistas deciden ignorar Lleida, el paer en cap, Fèlix Larrosa (PSC), ha optado por una agenda de cooperación transfronteriza que, aunque loable, no aborda los problemas de fondo. Recientemente, Larrosa firmó un protocolo de cooperación con Mequinensa, municipio aragonés de la Franja, para impulsar proyectos conjuntos en materia cultural y turística. La iniciativa es positiva, pero contrasta con la falta de reivindicación ante la Generalitat por el abandono de infraestructuras clave como la estación de tren de Lleida-Pirineus, el retraso en la construcción de la cuarta fase del Hospital Arnau de Vilanova o la precariedad del transporte público en el área metropolitana.

El independentismo local, por su parte, ha guardado silencio. Los concejales de Junts y ERC en el Ayuntamiento de Lleida no han emitido declaraciones públicas sobre la exclusión de la ciudad en la Diada, lo que sugiere que aceptan la decisión de sus respectivas cúpulas. La CUP, que siempre ha defendido un independentismo «de base», tampoco ha protestado. El resultado es que Lleida se convierte en un territorio de nadie: ni el PSC la reivindica con fuerza ante la Generalitat, ni el independentismo la incluye en su agenda movilizadora.

El impacto real para el ciudadano de Lleida

La exclusión de Lleida de la Diada no es un mero detalle organizativo. Tiene consecuencias concretas para los leridanos que se sienten españoles y que ven cómo el independentismo centra sus esfuerzos en el eje Barcelona-Girona, dejando a Ponente como territorio secundario. La inseguridad ciudadana, con datos del Ministerio del Interior que sitúan a Lleida como una de las capitales catalanas con mayor tasa de delitos por habitante, no aparece en los ejes de la protesta independentista. La crisis de la vivienda, que afecta especialmente a los jóvenes y a las familias trabajadoras, tampoco es prioridad para quienes claman contra el «expolio fiscal».

Mientras tanto, los Mossos d’Esquadra se preparan para un dispositivo de seguridad que, como cada año, movilizará a miles de agentes en Barcelona, Girona y Amposta, mientras que Lleida se queda con la rutina de una ciudad que no es noticia para el independentismo. La Diada será, una vez más, la fiesta de unos pocos, organizada para unos pocos y en beneficio de unos pocos. Y Lleida, la cuarta capital, seguirá esperando que alguien la ponga en el mapa.

Lleida, marginada por el independentismo: una declaración de intenciones

La decisión de las entidades soberanistas de excluir a Lleida de la Diada no es un error logístico ni un descuido: es una declaración de intenciones. El independentismo ha decidido que su futuro pasa por Barcelona, Girona y el sur de Tarragona, mientras que Lleida queda relegada a un segundo plano. Para los leridanos que se sienten españoles, esta marginación es una oportunidad para reflexionar sobre qué modelo de Cataluña quieren: uno que los ignore o uno que los tenga en cuenta.

El 11 de septiembre, mientras las columnas independentistas desfilen por las calles de Barcelona, Girona y Amposta, Lleida estará ahí, trabajando, estudiando, lidiando con sus problemas reales. Quizá sea el momento de que los leridanos empiecen a preguntarse si merece la pena seguir invirtiendo energía emocional y política en un movimiento que, a todas luces, los ha dado de lado. La respuesta, como siempre, está en las urnas y en la calle. Pero, por ahora, el independentismo ha hablado claro: Lleida no está en sus planes.