Mientras el conseller de Empresa y Trabajo, Miquel Sàmper, aseguraba este mismo lunes que «Lleida tiene en Catalunya la mayor capacidad para crecer», los juzgados de la ciudad registraban un dato demoledor que contradice cualquier discurso de desarrollo económico serio: las plazas civiles de los tribunales leridanos son las más saturadas de toda España, con más asuntos y más sentencias dictadas que cualquier otra plaza civil del país. La paradoja es insultante. La Generalitat que presume de atraer inversiones a Lleida es la misma que mantiene una administración de justicia colapsada, donde la litigiosidad bancaria masiva —orquestada por grandes bufetes— ha convertido los juzgados en una auténtica fábrica de pleitos. Sin seguridad jurídica no hay inversión, y sin inversión no hay crecimiento. Pero en la Conselleria de Sàmper prefieren no mirar los datos del Consejo General del Poder Judicial.

El récord que nadie quiere ver: Lleida lidera la saturación judicial civil en España

Los datos son incontestables y proceden de la última estadística del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), recogida por el diario Segre en su edición de este 6 de julio. Las plazas civiles de los juzgados de Lleida registran más asuntos y dictan más sentencias que cualquier otra plaza civil de España. No es una exageración ni un alarmismo local: es el primer puesto en un ranking que ninguna ciudad quiere liderar.

La saturación no responde a un aumento de la delincuencia común ni a la conflictividad vecinal. La causa principal, según reconocen los propios operadores jurídicos consultados por Segre, es la «litigiosidad bancaria impulsada por grandes bufetes». Es decir, la maquinaria judicial de Lleida está atascada por una avalancha de reclamaciones contra entidades financieras —cláusulas suelo, gastos hipotecarios, tarjetas revolving— que las grandes firmas de abogados canalizan hacia los tribunales leridanos como si fuera una cadena de montaje.

El impacto sobre el ciudadano de a pie es directo. Un vecino de Lleida que necesite resolver un conflicto civil —una herencia, un desahucio, un impago— se enfrenta a tiempos de espera que duplican la media nacional. La justicia, que debería ser el último recurso para resolver disputas, se ha convertido en un cuello de botella que desincentiva incluso el ejercicio legítimo de reclamaciones.

La litigiosidad bancaria: un negocio que colapsa la justicia leridana

No es casualidad que Lleida lidere esta estadística. La provincia, con una estructura económica basada en el pequeño comercio, la agroindustria y un tejido de pymes, se ha convertido en el destino preferido de los grandes despachos especializados en reclamaciones bancarias. La razón: los tribunales leridanos, tradicionalmente más ágiles que los de Barcelona o Madrid, ofrecían hasta hace poco una vía rápida para litigar. Esa agilidad inicial atrajo una avalancha de casos que ahora ha colapsado el sistema.

Los datos del CGPJ revelan que las plazas civiles de Lleida no solo reciben más asuntos, sino que también dictan más sentencias. Esto significa que los jueces trabajan a un ritmo insostenible, pero la entrada de nuevos casos supera cualquier capacidad de resolución. Es un círculo vicioso: cuantos más pleitos se resuelven, más llegan, porque los bufetes saben que en Lleida se dictan sentencias con relativa rapidez… hasta que el sistema colapsa.

Los operadores jurídicos llevan meses pidiendo un aumento de plazas judiciales para Lleida. La petición es razonable: si la carga de trabajo es la mayor de España, lo lógico es que la plantilla de jueces, letrados y funcionarios se refuerce en la misma proporción. Pero la Generalitat, que tiene transferidas las competencias de medios materiales y personales al servicio de la Administración de Justicia, no ha respondido. El silencio de la Conselleria de Justicia es ensordecedor.

El contraste con el discurso de Sàmper: crecimiento sin justicia es humo

El mismo día en que Segre publicaba estos datos, el conseller Miquel Sàmper visitaba Lleida para presentar el nuevo plan de reindustrialización de la Generalitat. Sus declaraciones fueron recogidas por los medios locales: «Lleida tiene en Catalunya la mayor capacidad para crecer», afirmó. Sàmper habló de polígonos, de logística, de energía renovable. No mencionó ni una sola vez la palabra «justicia».

La omisión no es inocente. Cualquier inversor serio, antes de instalar una fábrica o un centro logístico en Lleida, evalúa la seguridad jurídica del territorio. Si los tribunales están colapsados, los contratos tardan años en ejecutarse, los litigios mercantiles se eternizan y las reclamaciones se acumulan, el riesgo se dispara. Una empresa que necesite resolver un conflicto con un proveedor o un cliente no puede esperar los plazos actuales de la justicia leridana.

El discurso de Sàmper es, en el mejor de los casos, ingenuo. En el peor, es una cortina de humo para ocultar la falta de inversión en infraestructuras básicas del Estado en Lleida. La Generalitat independentista lleva años desatendiendo la justicia en las comarcas de Ponent, priorizando recursos hacia el área metropolitana de Barcelona. El resultado es este: unos juzgados que baten récords de saturación mientras el Govern vende crecimiento industrial como si la justicia no importara.

El impacto real para el ciudadano de Lleida

Más allá de las estadísticas, la saturación judicial tiene consecuencias concretas para los leridanos. Un pequeño empresario que necesite reclamar una deuda comercial se enfrenta a meses de espera. Una familia que litigue por una herencia puede ver el proceso alargarse durante años. Un ciudadano que haya sufrido una cláusula abusiva en su hipoteca tendrá que sumarse a una lista de espera que ya es la más larga de España.

La litigiosidad bancaria, además, tiene un efecto perverso: los grandes bufetes pueden permitirse esperar, porque litigan en masa y con costes fijos reducidos. Pero el ciudadano particular o la pequeña empresa no tienen esa capacidad. La justicia se convierte así en un lujo para quien puede pagar la espera, y en una barrera para quien necesita una resolución rápida.

Los operadores jurídicos de Lleida han propuesto soluciones concretas: crear nuevos juzgados civiles, reforzar las plantillas existentes, implantar sistemas de gestión procesal más eficientes. Pero ninguna de estas medidas depende de los jueces o de los funcionarios. Dependen de la Generalitat, que es quien tiene la competencia para dotar de medios a la administración de justicia. Y la Generalitat, hasta ahora, no ha movido ficha.

Una reflexión de futuro: la justicia no puede ser el cuello de botella de Lleida

Lleida tiene potencial de crecimiento. La ubicación estratégica, el tejido agroindustrial, la conexión logística con el corredor mediterráneo y el eje del Ebro son activos reales. Pero ningún plan de reindustrialización será creíble si la administración de justicia sigue colapsada. La seguridad jurídica no es un adorno: es la infraestructura básica sobre la que se sostiene cualquier economía de mercado.

El conseller Sàmper debería tomar nota. Si de verdad cree que Lleida tiene capacidad para crecer, lo primero que debe hacer es exigir a su compañera de Govern, la consellera de Justicia, que refuerce los juzgados leridanos. Mientras tanto, sus declaraciones sobre el crecimiento industrial sonarán a hueco para cualquier leridano que haya tenido que esperar un año para que un juez resuelva su reclamación.

La fábrica de pleitos de Lleida no es un problema menor. Es un síntoma de una administración autonómica que prioriza el discurso político sobre la gestión eficiente de lo público. Y mientras el Govern independentista siga mirando hacia otro lado, los juzgados más saturados de España seguirán siendo los de Lleida, lastrando cualquier posibilidad de desarrollo económico real. La justicia no puede esperar. Y los leridanos, tampoco.