La Generalitat ha licitado la construcción de la variante de Seròs, una obra largamente reivindicada. La noticia, publicada por SEGRE y La Mañana, llega después de un cuarto de siglo de reivindicaciones vecinales. Pero el dato que debería hacer reflexionar a los responsables públicos no es la cifra de la inversión, sino la descripción contenida en el propio proyecto: existe un tramo de la travesía “especialmente angosto donde no es posible con seguridad el cruce de dos vehículos”. Es decir, dos coches no pueden cruzarse en pleno casco urbano de un municipio de la comarca del Segrià. La pregunta es inevitable: ¿cuántos accidentes, retrasos y problemas de convivencia se han acumulado durante estos 25 años mientras la administración tardaba más de dos décadas en poner una obra sobre la mesa?

La variante de Seròs: una obra pequeña para un problema gigante

El proyecto no es faraónico. Se trata de un tramo con un carril por sentido, camino de servicio a cada lado y dos enlaces tipo rotonda que conectarán las carreteras LP-7041 y C-45. La variante discurrirá por el norte y el oeste de Seròs y sacará del casco urbano el tráfico con destino y procedencia de Aitona, Maials y Fraga. La intensidad circulatoria es considerable en la C-45 y algo más en la LP-7041, con una presencia significativa de vehículos pesados.

Conviene detenerse en esta cuestión. El problema de Seròs nunca ha sido el volumen de vehículos, sino la estructura de una travesía que no puede absorber ni siquiera el tráfico que registra. El propio proyecto lo reconoce al advertir del tramo angosto donde el cruce de dos vehículos resulta imposible con seguridad. No hace falta ser ingeniero de caminos para entender que una vía por la que no pueden cruzarse dos coches es un punto negro en toda regla, especialmente cuando por ella circulan camiones.

El proyecto incluye además una “obra adicional” que demuestra que la intervención va más allá del simple desvío: la mejora de la actual travesía y el pavimentado del camino de la depuradora. Es decir, la administración reconoce que no basta con construir la variante; también hay que dejar el casco urbano en condiciones dignas una vez que el tráfico pesado desaparezca de sus calles.

El contraste entre el “gran salto” y la realidad del territorio

El president de la Generalitat, Salvador Illa, definió el paquete de ocho obras para la demarcación de Lleida como “el gran salto”. La expresión, recogida por ambos diarios, tiene una carga retórica considerable si se compara con la realidad de un municipio que ha esperado 25 años para ver licitada una infraestructura básica. Porque la variante de Seròs no es una obra de prestigio ni una gran infraestructura estratégica: es una actuación de sentido común para que los vecinos puedan vivir sin camiones pasando a escasos metros de sus puertas.

El mismo paquete de licitaciones incluye otras dos actuaciones en la demarcación: la mejora de accesibilidad en el camino de Serradell junto a la C-14 en Ponts, y la instalación de placas solares de autoconsumo en el túnel de Montant de Tost, en Fígols i Alinyà. Y la Generalitat tiene previsto licitar este año la estación de autobuses de Almacelles, la mejora del firme de la N-260 de La Seu a Puigcerdà, una acera en la C-1412b en Tremp y el Centro de Atención a la Infancia y Adolescencia de Lleida.

La suma total es considerable, pero conviene preguntarse por qué hace falta un anuncio político para desbloquear obras que llevan décadas sobre la mesa. La variante de Seròs no es una novedad: es una necesidad conocida desde hace 25 años, tiempo durante el cual los vecinos han soportado el paso de vehículos pesados por una travesía que no está diseñada para ello.

La gestión pública y la velocidad de la administración

La licitación de la variante de Seròs plantea una cuestión que trasciende el ámbito local: la capacidad de la administración para ejecutar infraestructuras básicas en plazos razonables. No se trata de cuestionar la voluntad política actual, sino de constatar que un cuarto de siglo de espera para una obra de esta naturaleza es un síntoma de disfunción administrativa que debería preocupar a cualquier gestor público.

El plazo de ejecución, una vez adjudicada la obra, contrasta con los 25 años de tramitación previa. Es decir, la construcción propiamente dicha ocupará menos tiempo del que ha tardado la administración en decidirse a licitar el proyecto. Este desfase temporal no es exclusivo de Seròs ni de Lleida, pero resulta especialmente ilustrativo en un territorio donde las infraestructuras han sido históricamente utilizadas como moneda de cambio política.

Conviene recordar que la Generalitat ha gestionado durante décadas las carreteras de la demarcación con criterios que no siempre han priorizado la seguridad vial ni la calidad de vida de los municipios pequeños. La variante de Seròs es un ejemplo de cómo la política de infraestructuras ha ido por detrás de las necesidades reales del territorio, con consecuencias directas para los ciudadanos: ruido, peligro, deterioro de la calidad de vida y un riesgo objetivo de accidente en un tramo donde dos vehículos no pueden cruzarse.

El impacto real para los vecinos de Seròs

La variante no es una obra abstracta. Para los vecinos de Seròs, la construcción de este desvío significará recuperar sus calles. Hoy, la C-45 y la LP-7041 atraviesan el casco urbano y canalizan el tráfico de la zona hacia Fraga y hacia el resto de la comarca. Los camiones que se dirigen a las explotaciones agrícolas de la zona o los que simplemente transitan entre comarcas pasan literalmente por delante de las viviendas.

La mejora de la travesía actual, incluida como obra adicional, es un reconocimiento implícito de que el estado de la vía urbana ha sido deficiente durante años. Y el pavimentado del camino de la depuradora, también incluido en el proyecto, indica que la administración es consciente de que el entorno del municipio necesita una intervención integral, no solo el desvío del tráfico.

Queda ahora la parte más delicada: que la licitación se convierta en adjudicación y que la adjudicación se convierta en obra ejecutada. Los vecinos de Seròs, que han esperado 25 años, tienen derecho a ser escépticos.

Una lección para la gestión de infraestructuras

La variante de Seròs debería servir como lección sobre cómo se gestionan las infraestructuras en Cataluña. No puede ser que una obra necesaria, conocida y de dimensión modesta tarde un cuarto de siglo en salir a licitación. La eficacia de la gestión pública no se mide por la cantidad de anuncios ni por la grandilocuencia de los discursos, sino por la capacidad de ejecutar en plazos razonables las actuaciones que el territorio necesita.

El president Illa habla de “gran salto” para referirse a este paquete de obras. Los vecinos de Seròs, que llevan 25 años esperando, probablemente preferirían hablar de una administración que funciona con normalidad. La diferencia entre ambas expresiones es la distancia que separa la retórica política de la realidad cotidiana de los municipios del interior de Cataluña. Ahora, con la licitación sobre la mesa, toca exigir que los plazos se cumplan y que la obra se ejecute con la diligencia que el proyecto merece. Seròs ha esperado demasiado. La administración no puede permitirse otro retraso.