Los apagones en Vilanova de Bellpuig han llevado al Ayuntamiento a plantar cara a Endesa. La pequeña localidad del Pla d’Urgell ha convocado a los responsables de la compañía eléctrica para exigir soluciones ante los reiterados cortes de suministro que han sufrido los vecinos durante los meses de junio y julio. No es un incidente aislado: la situación fue especialmente grave en los últimos días de julio, reconoce el consistorio. Mientras la agenda política catalana se consume en debates sobre el reparto de menores migrantes o en la expectación mediática de un eclipse, hay un problema que quema, literalmente, en la Cataluña interior. Un pueblo entero se queda sin luz en plena ola de calor, con los termómetros disparados y las neveras vaciándose. Esta es la España real que no sale en los titulares.

Apagones en Vilanova de Bellpuig: un verano en negro

La reunión tuvo lugar el 31 de julio. El Ayuntamiento de Vilanova de Bellpuig se sentó a la mesa con responsables y técnicos de Endesa, la compañía distribuidora eléctrica que opera en la zona, para trasladar una queja que no admite demora: los vecinos llevan dos meses soportando cortes de luz recurrentes.

No se trata de microcortes de segundos que apenas se notan. Son interrupciones que se han repetido durante semanas en pleno estío, cuando la demanda eléctrica se dispara por el uso de aires acondicionados y ventiladores. Cuando la temperatura no da tregua, quedarse sin suministro no es una molestia: es un riesgo para la salud, especialmente para las personas mayores, los enfermos crónicos y los hogares con niños pequeños.

El consistorio no ha precisado el número exacto de incidencias ni las horas acumuladas sin servicio, pero la gravedad de la situación ha llevado al Ayuntamiento a dar un paso que debería ser innecesario: pedir formalmente a la eléctrica que haga su trabajo, que garantice un servicio básico que los vecinos pagan cada mes.

Calor extremo en la Plana de Urgell: un pueblo vulnerable

El contexto no puede ser más adverso. La ola de calor que ha azotado Cataluña durante las últimas semanas ha elevado las temperaturas hasta límites sofocantes en la Plana de Urgell, una comarca agrícola donde el mercurio supera con frecuencia los 35 grados. En esas condiciones, un corte de luz no solo deja sin ventilador o aire acondicionado: también compromete la conservación de alimentos, el funcionamiento de pequeños comercios y la seguridad de las viviendas.

Vilanova de Bellpuig es un municipio pequeño, con una población envejecida y una economía basada en la agricultura y los servicios locales. Exactamente el perfil de localidad que sufre con más dureza las deficiencias de infraestructuras que las grandes ciudades no padecen.

La pregunta es inevitable: ¿cuántos apagones más tendrá que soportar esta gente antes de que alguien en Barcelona o Madrid se digne a mirar el mapa energético de la Cataluña interior?

Endesa: dos meses de cortes y ninguna explicación

La compañía eléctrica, participada por el grupo italiano Enel, gestiona la red de distribución en buena parte de Cataluña. Su papel en este episodio es central: es la responsable de mantener la red en condiciones óptimas y de responder con agilidad cuando se producen incidencias. Pero la reunión del 31 de julio no ha trascendido con compromisos concretos por parte de la empresa, al menos según la información oficial del Ayuntamiento.

Endesa no ha explicado públicamente las causas de los cortes. ¿Son averías puntuales? ¿Sobrecargas de la red? ¿Falta de inversión en mantenimiento? Los vecinos de Vilanova de Bellpuig merecen respuestas y no las han tenido. La compañía se ha limitado a escuchar las reclamaciones, sin que el consistorio haya anunciado un plan de choque concreto ni un calendario de actuaciones.

Ese silencio es elocuente. Cuando una empresa de servicios esenciales no comunica las causas de un problema que afecta a toda una población durante dos meses, los ciudadanos, que pagan una de las facturas de la luz más caras de Europa, tienen derecho a exigir mucho más que promesas.

La Generalitat, ocupada en otros debates

Mientras tanto, la Generalitat de Cataluña tiene competencias en materia de energía y de calidad de los servicios públicos. Pero su atención, en estas semanas, ha estado centrada en otros asuntos: el reparto de menores migrantes entre comunidades autónomas, un debate que ha generado fricciones con el Gobierno central, y la cobertura mediática de fenómenos como el eclipse solar que ha captado la atención de los medios.

Nadie discute la importancia de esos temas. Pero la gestión de la energía en el interior de Cataluña es un problema estructural que no se resuelve con declaraciones institucionales. La Generalitat tiene la capacidad de supervisar a Endesa, de exigir planes de inversión en la red de distribución y de sancionar incumplimientos. ¿Lo está haciendo? Los vecinos de Vilanova de Bellpuig no lo notan.

El Govern, presidido por Salvador Illa, ha mostrado una sensibilidad especial hacia los problemas de la Cataluña rural en sus primeros meses de mandato. Pero las buenas intenciones no encienden las luces. Hacen falta inspecciones, inversiones y, sobre todo, voluntad política para que las eléctricas rindan cuentas.

El coste real para los vecinos

Detrás de cada corte de luz hay una historia concreta. Una farmacia que pierde medicamentos termolábiles. Un bar que tiene que cerrar porque no puede mantener la cámara frigorífica. Una persona mayor que pasa la noche sin ventilador en pleno agosto. Un agricultor que no puede regar sus cultivos porque las bombas de agua no funcionan.

Vilanova de Bellpuig no es una excepción. Es el símbolo de una Cataluña interior que sufre las consecuencias de un modelo energético centralizado y de unas infraestructuras ancladas en el pasado. Mientras las ciudades de la costa disfrutan de redes modernas y redundantes, los pueblos pequeños dependen de líneas eléctricas que no han recibido las inversiones necesarias durante décadas.

La reunión del 31 de julio es un primer paso, pero no puede ser el último. El Ayuntamiento ha hecho su trabajo: ha puesto el problema sobre la mesa y ha exigido soluciones. Ahora le toca a Endesa demostrar que es una empresa seria, y a la Generalitat ejercer su papel de garante del servicio público.

El precio de ser invisible

La España vaciada no es solo un problema demográfico. Es también un problema de servicios. Cuando un pueblo pequeño sufre apagones reiterados en plena ola de calor, la pregunta no es solo técnica, sino política: ¿cuánto vale la vida de un vecino de Vilanova de Bellpuig comparada con la de un ciudadano de Barcelona?

Si la respuesta es que vale menos, que sus cortes de luz son un mal menor, que su queja puede esperar, entonces estaremos asistiendo a una discriminación silenciosa que ningún discurso sobre el “reto demográfico” puede maquillar. Los vecinos de esta localidad del Pla d’Urgell no piden privilegios: piden lo que ya pagan. Un suministro eléctrico digno, fiable y seguro.

El verano no ha terminado. Las temperaturas seguirán siendo altas durante semanas. Y los apagones, si Endesa no actúa con urgencia, podrían repetirse. El Ayuntamiento ha hecho su parte. Ahora le toca a la compañía, y a la Generalitat, demostrar que la Cataluña interior no es la hermana pobre de este país. Los vecinos de Vilanova de Bellpuig, con sus neveras vacías y sus noches sin aire, no merecen menos.